lunes, 10 de diciembre de 2018

Sobre Dios y el amor (el límite entre el cliché y la verdad)

Por: Jocelyn Navarro (Lezthatica Jox)

“… Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y de absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante un altar,
como yo te he querido… desengáñate:
 ¡Así no te querrán!”

-Gustavo Adolfo Bécquer



Cuando se habla de amor, en un sentido un tanto comercial, muchas veces se menciona su relación con una religión o se compara al objeto amado con el mismo Dios. Pero estas afirmaciones se descuidan hasta que llegan a caer en un plano de cliché. ¿Hasta dónde se encuentra el límite entre cliché y verdad en estas comparaciones?



Con este ensayo pretendo escribir una respuesta basada en opiniones personales. Dejando lo trivial de lado, creo que la conexión entre Dios y el amor es más que un cliché. Es un juego de pasiones.



Cuando Fedro[1] opinó que el dios Eros era el dios más importante para el hombre, quizás no estaba tan equivocado. Después de todo, el toque divino que decía suele llegar al hombre cuando existe amor en su ser es bastante semejante a la experiencia divina que causa la creencia en Dios.



La creencia actual hacia Dios se ha convertido en fanatismo. Pero las manifestaciones más intensas de la creencia original datan de la Edad Media. Y uno de los filósofos medievales que logró dejar de lado la simple creencia y manifestar su sentir por Dios como verdadero amor, fue San Anselmo.



Cuando San Anselmo escribió el Proslogium (o Proslogión)[2], no necesitó ver a Dios para expresar lo que sentía por Él. Tal obra representa el amor en su máxima expresión. Amor que trae consigo aquella sustancia divina, un pensamiento, una idea, un enigma, algo intangible, algo irreal; algo que en su utopía encuentra su belleza. Una utopía a la que se le atribuyen atributos utópicos también, encontrando la perfección.



Gustavo Adolfo Bécquer, otro romántico sin remedio, se enamoró del amor mismo, de un “… vano fantasma de niebla y luz…” como lo expresa en su rima número XI. Bécquer en todo su conjunto de Rimas, Leyendas y Narraciones[3], nos deja ver su total desinterés en recibir lo que él da; él ama, mas no espera ser amado. Es feliz con tan sólo un Rayo de luna[4] que lo inspire para seguir amando.



En estos ejemplos podemos notar que la necesidad del hombre de amar para ser mejor persona, llevó a Fedro a encontrar en Eros un motor de divinidad primigenia. Igualmente fue una necesidad de depositar una esperanza y fe en alguien la que llevó a San Anselmo a encontrar en Dios un todo. La simple necesidad de amar, igualmente llevó a Bécquer a escribir tan hermosos textos.



Entonces, el factor que une a estos dos conceptos es el de necesidad.



Dios nació como el resultado de la necesidad de los esclavos del Imperio Romano de buscar una especie de paz, algo que los hiciera olvidarse de su estatus social y por unos momentos sentirse iguales a los demás. Un origen con un concepto un tanto romántico.



Pero una necesidad que busca algo bueno, no precisamente trae consigo cosas buenas. Al igual que las pasiones, las necesidades evitan que el hombre sea libre, pues ante una necesidad, el hombre se ve en la posición de tener que satisfacerla, forzosamente. Quizás tenga que ver con el “instinto animal” que posee todo ser humano.



¿Es el amor una pasión?



Entendiendo que la pasión es un impedimento para alcanzar la libertad, aferrarse a una ilusión de tal magnitud como es el amor o Dios, bien podría llamarse pasión. Porque lo que anhelamos no es objeto sensible, sino un ideal, el ideal de nosotros mismos en relación con el amor, o en relación con Dios.



Tal es el efecto que produce leer novelas románticas o leer la Biblia. Con una nos imaginamos cómo sería encontrar un amor así y vivir experiencias de ese tipo; y con la otra, nos imaginamos cómo sería vivir en aquél lugar tan perfecto llamado “Paraíso” en el que tendremos una conexión con Dios que nos llevará a la vida eterna. Todo esto sin darnos cuenta de que simplemente estamos poniendo en un pedestal algo que no sabemos que existe, pero quisiéramos que así fuera



Oscar Wilde en su obra El retrato de Dorian Gray[5], mediante el personaje de Lord Henry Wotton, nos hablaba de entregarnos ante la pasión que se nos presenta, pues es la única forma de vencerla... ¿Es eso posible?



La verdad, si. Pero si notamos de nuevo los ejemplos del principio, las pasiones se basan en utopías, realidades surreales, ideas, enigmas, paradojas. ¿Qué pasa entonces cuando aquellas pasiones que se mantienen en el plano de lo irreal, pasan a ser materiales? ¿Qué hubiera pasado si San Anselmo hubiera desmentido la creencia de Dios (aparte de ser asesinado), o si Bécquer hubiera decidido entablar una relación formal con una mujer, o si Fedro se hubiera encontrado con Eros y éste le hubiera dicho que todo lo que piensa de él es mentira?



Es simple, dejan de ser pasiones. Se vuelven reales, alcanzables, y por lo tanto, caen en el plano de realidad del mismo hombre, se vuelven mortales, finitas.



No es fácil entender, aceptar o tolerar la desvinculación de la pasión. Pues produce en el cuerpo una especie de acidez y amargura que con el tiempo se vuelve agonía, se vuelve querer la muerte misma, se vuelve arrepentimiento. Porque es muy fácil querer o desear, pero imposible esperar lo inesperado y, peor aún, cuando lo inesperado pone a prueba la conexión que existe entre psique y soma.



Las pasiones son vencibles, pero es igualmente vencible la ilusión que aquella pasión producía en nosotros.



Por lo tanto, la belleza de una pasión radica en su imposibilidad, en su carácter de inalcanzable, en el plano surreal en el que solemos ponerla. Liberarnos de ellas no nos hace libres, estar ligados a ellas, tampoco. Sólo cumplen con el propósito de hacernos felices, efímera o vanamente, pero felices.









[1] Platón, Diálogos: Simposium (Banquete)
[2] http://ar.geocities.com/magisterioiglesia/san_anselmo/prosologion.html
[3] Ed. Porrúa. México, 2005.
[4] Bécquer, Rimas, Leyendas y Narraciones
[5] Ed. Editores mexicanos unidos S. A. México, 2002

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