Quiero llevarte a Capri, ojos de mar. Quiero llevarte a ver la gruta azul para que sepas lo que miro cuando veo tus ojos. Ojos de mar, sonríe si tu respuesta es sí.
Ojos de mar, yo sé que tus ojos
no son azules. Son en realidad del color de los árboles secos y el rastro que
dejan sus hojas cual sábana cobriza sobre el pavimento. Pero tú sabes, ojos,
que tu mirada me alivia y tiene el poder de hacerme ver el más bello azul
dentro de ella. No quiero dejar de verla.
Ojos, mírame. No sé qué estuvimos
esperando todo este tiempo. Desde siempre quise poseer tu piel de luna,
inmensamente pálida y fría en el filtro azul de mi perspectiva.
Ojos, nunca he probado tu boca.
Ese placer se me ha negado desde el inicio de los tiempos, al menos desde esta
eternidad que lleva tu nombre. ¿A qué responde ese castigo? ¿Sabes? Ya me cansé
de preguntar, ya me cansé de la duda. Hoy sé que yo te quiero, ojos. Llévame
contigo.
Tú eres mi futuro, ojos. Abre los
ojos y déjame recordarte viva; si exhalo mi último aliento sobre ti, quizá
pueda volver a ver esos ojos brillar más azules que nunca porque te habré
besado y no recordarán lo que ya habían visto por última vez, no recordarán la
tristeza, no recordarán que estuvieron a punto de olvidar.
Ojos, este es el momento. Vayamos
a Capri, naveguemos dentro de la perpetua gruta azul. Llévame al cielo con tu
piel de luna, alcancemos la eternidad y quedémonos ahí…
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