Él era mi Romeo, pero
yo no era su Julieta.
"Porque nunca hubo un cuento de tanto dolor como éste de Julieta y Romeo, su amor."
A él lo esperaba su
Julieta en su cama mientras él estaba en la mía. Era mi Romeo pero no era sólo mío.
¿Cómo llegué hasta
aquí? Lo ignoro. Me deshago en dolor mientras pienso en su muerte. Ayer estaba
vivo y aún me rogaba por un beso. Hoy no.
Siempre me gustó su
voz. Era la de un niño pero a la vez la de un hombre. Sus manos eran volátiles
y ligeras, prodigiosas y regordetas pero hermosas. Tenía un par de avellanas en
vez de ojos y su cabello era rubio y tenía un olor peculiar. Olor que podría
jurar que sigo oliendo en mi almohada.
"Ven, noche gentil, noche tierna y sombría. Dame a mi Romeo y, cuando yo muera, córtalo en mil estrellas menudas; lucirá tan hermoso el firmamento que el mundo, enamorado de la noche, dejará de adorar al sol hiriente."
Noche. Noche vestigio
de mi amor desmesurado. No me diste a mi Romeo. Me lo quitaste. ¿Por qué? ¿Por
qué juntaste a mi Romeo con su Julieta? ¿Dónde quedo yo? ¿Cuál es mi papel en
ésta tragedia?
Vago por las calles y
sólo puedo recordar sus palabras y sus besos. Su forma de quererme tan exquisitamente
dolorosa. Bendito dolor.
"Ah, aquí me entregaré a la eternidad y me sacudiré de esta carne fatigada el yugo de estrellas adversas. Ojos mirad por última vez, brazos dad vuestro último abrazo. Y labios puertas del aliento sellad con un beso el trato perpetuo con la ávida muerte."
Ayer estaba vivo y aún
me rogaba por un beso. Hoy no porque ambos murieron. Murieron juntos, tomados
de la mano. Murieron felices de haberse amado.
Y yo sigo viva. Lo sé
porque me duele.
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