lunes, 10 de diciembre de 2018

Lo que te diga tres veces, Romeo, quizá sea verdad


Él era mi Romeo, pero yo no era su Julieta.

"Porque nunca hubo un cuento de tanto dolor como éste de Julieta y Romeo, su amor."

A él lo esperaba su Julieta en su cama mientras él estaba en la mía. Era mi Romeo pero no era sólo mío.

¿Cómo llegué hasta aquí? Lo ignoro. Me deshago en dolor mientras pienso en su muerte. Ayer estaba vivo y aún me rogaba por un beso. Hoy no.

Siempre me gustó su voz. Era la de un niño pero a la vez la de un hombre. Sus manos eran volátiles y ligeras, prodigiosas y regordetas pero hermosas. Tenía un par de avellanas en vez de ojos y su cabello era rubio y tenía un olor peculiar. Olor que podría jurar que sigo oliendo en mi almohada.

"Ven, noche gentil, noche tierna y sombría. Dame a mi Romeo y, cuando yo muera, córtalo en mil estrellas menudas; lucirá tan hermoso el firmamento que el mundo, enamorado de la noche, dejará de adorar al sol hiriente."

Noche. Noche vestigio de mi amor desmesurado. No me diste a mi Romeo. Me lo quitaste. ¿Por qué? ¿Por qué juntaste a mi Romeo con su Julieta? ¿Dónde quedo yo? ¿Cuál es mi papel en ésta tragedia?

Vago por las calles y sólo puedo recordar sus palabras y sus besos. Su forma de quererme tan exquisitamente dolorosa. Bendito dolor.

"Ah, aquí me entregaré a la eternidad y me sacudiré de esta carne fatigada el yugo de estrellas adversas. Ojos mirad por última vez, brazos dad vuestro último abrazo. Y labios puertas del aliento sellad con un beso el trato perpetuo con la ávida muerte."

Ayer estaba vivo y aún me rogaba por un beso. Hoy no porque ambos murieron. Murieron juntos, tomados de la mano. Murieron felices de haberse amado.


Y yo sigo viva. Lo sé porque me duele.

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