Por: Jocelyn Navarro (Lezthatica Jox)
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y de absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante un altar,
como yo te he querido… desengáñate: ¡Así no te querrán!”
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y de absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante un altar,
como yo te he querido… desengáñate: ¡Así no te querrán!”
-Gustavo Adolfo Bécquer
Cuando
se habla de amor, en un sentido un tanto comercial, muchas veces se menciona su
relación con una religión o se compara al objeto amado con el mismo Dios. Pero
estas afirmaciones se descuidan hasta que llegan a caer en un plano de cliché. ¿Hasta dónde se encuentra el límite
entre cliché y verdad en estas
comparaciones?
Con
este ensayo pretendo escribir una respuesta basada en opiniones personales.
Dejando lo trivial de lado, creo que la conexión entre Dios y el amor es más
que un cliché. Es un juego de
pasiones.
Cuando
Fedro[1] opinó
que el dios Eros era el dios más importante para el hombre, quizás no estaba
tan equivocado. Después de todo, el toque divino que decía suele llegar al hombre
cuando existe amor en su ser es bastante semejante a la experiencia divina que
causa la creencia en Dios.
La
creencia actual hacia Dios se ha convertido en fanatismo. Pero las
manifestaciones más intensas de la creencia original datan de la Edad Media. Y
uno de los filósofos medievales que logró dejar de lado la simple creencia y
manifestar su sentir por Dios como verdadero amor, fue San Anselmo.
Cuando
San Anselmo escribió el Proslogium (o
Proslogión)[2], no
necesitó ver a Dios para expresar lo que sentía por Él. Tal obra representa el
amor en su máxima expresión. Amor que trae consigo aquella sustancia divina, un
pensamiento, una idea, un enigma, algo intangible, algo irreal; algo que en su
utopía encuentra su belleza. Una utopía a la que se le atribuyen atributos
utópicos también, encontrando la perfección.
Gustavo
Adolfo Bécquer, otro romántico sin remedio, se enamoró del amor mismo, de un “… vano fantasma de niebla y luz…” como lo
expresa en su rima número XI. Bécquer en todo su conjunto de Rimas, Leyendas y Narraciones[3], nos deja ver su
total desinterés en recibir lo que él da; él ama, mas no espera ser amado. Es
feliz con tan sólo un Rayo de luna[4] que lo inspire
para seguir amando.
En
estos ejemplos podemos notar que la necesidad del hombre de amar para ser mejor
persona, llevó a Fedro a encontrar en Eros un motor de divinidad primigenia.
Igualmente fue una necesidad de depositar una esperanza y fe en alguien la que
llevó a San Anselmo a encontrar en Dios un todo. La simple necesidad de amar,
igualmente llevó a Bécquer a escribir tan hermosos textos.
Entonces,
el factor que une a estos dos conceptos es el de necesidad.
Dios
nació como el resultado de la necesidad de los esclavos del Imperio Romano de
buscar una especie de paz, algo que los hiciera olvidarse de su estatus social
y por unos momentos sentirse iguales a los demás. Un origen con un concepto un
tanto romántico.
Pero
una necesidad que busca algo bueno, no precisamente trae consigo cosas buenas.
Al igual que las pasiones, las necesidades evitan que el hombre sea libre, pues
ante una necesidad, el hombre se ve en la posición de tener que satisfacerla,
forzosamente. Quizás tenga que ver con el “instinto animal” que posee todo ser
humano.
¿Es
el amor una pasión?
Entendiendo
que la pasión es un impedimento para alcanzar la libertad, aferrarse a una
ilusión de tal magnitud como es el amor o Dios, bien podría llamarse pasión.
Porque lo que anhelamos no es objeto sensible, sino un ideal, el ideal de
nosotros mismos en relación con el amor, o en relación con Dios.
Tal
es el efecto que produce leer novelas románticas o leer la Biblia. Con una nos
imaginamos cómo sería encontrar un amor así y vivir experiencias de ese tipo; y
con la otra, nos imaginamos cómo sería vivir en aquél lugar tan perfecto
llamado “Paraíso” en el que tendremos una conexión con Dios que nos llevará a
la vida eterna. Todo esto sin darnos cuenta de que simplemente estamos poniendo
en un pedestal algo que no sabemos que existe, pero quisiéramos que así fuera
Oscar
Wilde en su obra El retrato de Dorian Gray[5], mediante
el personaje de Lord Henry Wotton, nos hablaba de entregarnos ante la pasión
que se nos presenta, pues es la única forma de vencerla... ¿Es eso posible?
La
verdad, si. Pero si notamos de nuevo los ejemplos del principio, las pasiones
se basan en utopías, realidades surreales, ideas, enigmas, paradojas. ¿Qué pasa
entonces cuando aquellas pasiones que se mantienen en el plano de lo irreal,
pasan a ser materiales? ¿Qué hubiera pasado si San Anselmo hubiera desmentido
la creencia de Dios (aparte de ser asesinado), o si Bécquer hubiera decidido
entablar una relación formal con una mujer, o si Fedro se hubiera encontrado
con Eros y éste le hubiera dicho que todo lo que piensa de él es mentira?
Es
simple, dejan de ser pasiones. Se vuelven reales, alcanzables, y por lo tanto,
caen en el plano de realidad del mismo hombre, se vuelven mortales, finitas.
No es fácil entender,
aceptar o tolerar la desvinculación de la pasión. Pues produce en el cuerpo una
especie de acidez y amargura que con el tiempo se vuelve agonía, se vuelve
querer la muerte misma, se vuelve arrepentimiento. Porque es muy fácil querer o
desear, pero imposible esperar lo inesperado y, peor aún, cuando lo inesperado
pone a prueba la conexión que existe entre psique y soma.
Las pasiones son
vencibles, pero es igualmente vencible la ilusión que aquella pasión producía
en nosotros.
Por lo tanto, la
belleza de una pasión radica en su imposibilidad, en su carácter de
inalcanzable, en el plano surreal en el que solemos ponerla. Liberarnos de
ellas no nos hace libres, estar ligados a ellas, tampoco. Sólo cumplen con el
propósito de hacernos felices, efímera o vanamente, pero felices.
[1] Platón, Diálogos: Simposium (Banquete)
[2] http://ar.geocities.com/magisterioiglesia/san_anselmo/prosologion.html
[3] Ed. Porrúa. México, 2005.
[4] Bécquer, Rimas, Leyendas y Narraciones
[5] Ed. Editores mexicanos
unidos S. A. México, 2002